Danza desde el amar.

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Por: Gerardo A. Herrera Pérez.

En el Instituto de la Mujer Moreliana, se presentó el libro “Danza desde el amar”, de Edith Adriana Delgado Ramírez; el texto, incluye una visión de control y sometimiento de los cuerpos de los alumnos de danzas para alcanzar el éxito; éxito que justifica las vejaciones, las humillaciones, la exclusión y cualquier otro mecanismo de opresión sobre aquellos que no tienen el perfil, el peso, el cuerpo estético, los ademanes, la pulcritud del cuerpo.

Desde diferentes instituciones, el patriarcado asume un control sobre el cuerpo de hombres y mujeres que prefieren como profesión la danza. La danza para mujeres, también para hombres constituye un mecanismo sobre el cual se domina el cuerpo. Sobre el cuerpo es que se escribe la historia de alumnos y alumnas de danza, en ese cuerpo que debe sentir sufrimiento, que debe ser explotado y perfeccionado para las bellas artes, ese cuerpo que mientras menos peso mejor que obliga a las jóvenes a ir al hospital por anorexia.

La danza es bella, pero la enseñanza aprendizaje sigue siendo una colonización de la educación, continúan siendo un mecanismo de control, continúa siendo una exclusión de los saberes no científicos para excluir la ecología de saberes de personas con experiencia que a la vez son sabias.

Todos los colegios de danza, todos, al parecer con cualquier técnica, expresan la misma metodología: el sometimiento y el control, el sufrimiento y las ganas de no existir porque se hacen las cosas mal.   Esto desde luego se traduce en una sola lectura, es la lectura de la violencia sobre los cuerpos que no se someten o disciplinan a los designios del pensamiento colonizador.

En las reflexiones de la autora, ella crea nuevos conceptos para hacer un análisis transversal sobre la danza, uno de ellos que me parece muy importante es el binomio cuerpo-persona, si bien, el cuerpo y persona son dos epistemes diferentes, la conjunción de estas dos palabras desde el marco de los derechos humanos, se plantea en dos documentos, por un lado, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y desde luego de la Declaración Interamericana de los Derechos y Deberes, ahí se precisa que solo un ser humano es persona y éstas tienen obligaciones y claro también derechos. En relación con los cuerpos, es simple, se pueden utilizar y desechar como objetos o mercancías en un mercado Neoliberal.

La violencia esta institucionalizada, a través de un currículo oculto, en donde se somete, se disciplina y controla el cuerpo de las mujeres y hombres que estudian danzan; la violencia no es solo física y verbal, también es una violencia invisible, una violencia que enseña a respetar el proceso de asimetría de poder mediante las estructuras (se golpea por el bien, se exigen cuerpos perfectos para enaltecer la disciplina, se exige la disciplina en el comer, en el moverse, en el vestir, en el pelo, todo es disciplina y comportamiento para el bien de la danza.

Frente a estos fenómenos violentos y violatorios de los derechos humanos y libertades que suceden en todas las escuelas de danza  encontramos que existen otras terorias que hablan de que otro mundo es posible, es decir la danza se puede aprender a partir de reconocer otro modelo de atención y comportamiento menos acartonado y de mayor impacto social.

La danza se debe aprender por mujeres y hombres a partir de decirse que es necesario no utilizar la agenda del patriarcado para las mujeres, sino usar su propia agenda para impulsar independencia y emancipación al momento de  tomar decisiones. La danza debe de dejar de ser vista desde lo occidental, para construir nuestras propias epistemologías de la danza del sur, es decir, desde nuestros cuerpos, desde nuestros colores de piel, desde lo estético de nuestra originalidad, desde la vida misma.

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